En prevención de riesgos laborales, las herramientas manuales suelen verse como elementos sencillos: una llave, un destornillador, unos alicates, una tijera o una grapadora industrial. Sin embargo, su diseño y su forma de uso pueden condicionar de manera decisiva la postura, la fuerza aplicada, la repetición de movimientos y la aparición de molestias o trastornos musculoesqueléticos.

Una herramienta no es ergonómica por llevar esa palabra en la etiqueta. Lo es cuando se adapta a la persona que la utiliza, a la tarea que debe realizar y al entorno real de trabajo.

Esa es la idea central: la herramienta forma parte del sistema de trabajo y, por tanto, debe evaluarse con criterios preventivos.

La mano no es estándar

Uno de los errores más frecuentes es elegir herramientas pensando en una “mano media”. En la práctica, las personas tienen tamaños de mano, fuerza, alcances y necesidades diferentes. Además, el uso de guantes puede modificar el agarre y aumentar la fuerza necesaria. Por eso, el diámetro del mango, la separación entre empuñaduras, la longitud útil y la forma de la superficie de contacto no son detalles menores: influyen directamente en la comodidad, el control y la fatiga.

La herramienta debería permitir trabajar con la muñeca lo más recta posible, sin flexiones, extensiones o desviaciones mantenidas. También debería evitar presiones localizadas en la palma o en los dedos, especialmente cuando se usa durante periodos prolongados.

Fuerza, precisión y postura: elegir según la tarea

No todas las tareas exigen lo mismo. Cuando se requiere fuerza, conviene favorecer el agarre de potencia, con mangos que permitan sujetar la herramienta con toda la mano y transmitir el esfuerzo sin sobrecargar los dedos. Cuando la tarea exige precisión, el agarre tipo pinza puede ser adecuado, pero no debería convertirse en una exigencia mantenida de fuerza. Pedir precisión y fuerza al mismo tiempo, de forma repetida, es una combinación especialmente desfavorable.

El peso también importa. Una herramienta ligera y equilibrada reduce la carga estática sobre mano, antebrazo y hombro, sobre todo cuando se usa lejos del cuerpo o durante mucho tiempo. Si la herramienta es pesada o el uso es prolongado, deben valorarse apoyos, equilibradores o sistemas de suspensión.

La postura de uso es otro criterio esencial. La mejor herramienta es la que permite trabajar con hombros relajados, codos próximos al cuerpo y muñeca en posición neutra. En espacios reducidos, una herramienta aparentemente mejor puede obligar a posturas forzadas; en otros casos, un mango más largo puede ayudar a transmitir fuerza con menos esfuerzo. Por eso no basta con comprar una herramienta “buena”: hay que comprobar cómo se comporta en el puesto real.

Repetición, vibraciones y mantenimiento

Los movimientos repetitivos, las vibraciones mano-brazo y las presiones de contacto incrementan el riesgo biomecánico, especialmente si se combinan con fuerza o posturas no neutras. Siempre que sea técnicamente posible, debe reducirse la repetición manual, seleccionar herramientas con menor transmisión de vibraciones y controlar los tiempos de exposición.

El mantenimiento es igualmente preventivo. Una herramienta con filo deteriorado, holguras, muelles duros, superficies resbaladizas o empuñaduras dañadas obliga a aplicar más fuerza y empeora el control. Mantener las herramientas en buen estado no solo evita accidentes inmediatos; también reduce la exposición acumulada a esfuerzos innecesarios.

Una decisión de compra…y de gestión preventiva

Seleccionar herramientas manuales con criterio ergonómico implica observar la tarea, escuchar a quienes la realizan, probar alternativas y formar en el uso correcto. La participación de las personas trabajadoras es clave, porque conocen las compensaciones que hacen, las molestias que aparecen y las situaciones en las que la herramienta deja de ser adecuada.

En definitiva, la herramienta manual no debe considerarse un elemento secundario. Elegirla bien ayuda a reducir fuerza, evitar posturas forzadas, mejorar el agarre, controlar vibraciones y prevenir trastornos musculoesqueléticos. La pregunta no debería ser solo si la herramienta funciona, sino si permite trabajar mejor: con menos esfuerzo, más control y mayor adaptación a las personas que la utilizan.

Juan José Cano

Referente Técnico en Avanta Prevención